¿Y ahora qué?


Por: Gabriel J. Perea R. @elistmopty

Una acción política puede ser considerada dentro del rejuego por el poder como magistral y pasar a los anaqueles históricos como trascendental o por el contrario ser considerada como una magistral metida de pata, brazos y cabeza, todo depende de cómo se ejecutó.


A pesar de todas las voces que se levantan defendiendo, lo que tal vez en algún momento, algunos ciudadanos clamaban desesperadamente, resulta difícil, casi imposible justificar ahora.

Es un insulto tratar de negar lo que fue una campaña destinada a desprestigiar a un colectivo político utilizando argumentos incuestionables como una simple e inofensiva estrategia para ganar adeptos.


¿Qué podemos concluir de esto? ¿Qué fueron ciertos los señalamientos con que se atacaban al contrario? ¿O fueron mentiras que pueden ser fácilmente desechadas?

Cualquiera de las dos cosas, resultan actos cuestionables y muy difíciles de desarraigar después que fueron firmemente plantados en la psiquis colectiva por una bien pensada campaña publicitaria.

¿Y ahora que? Cambiaran el discurso por conveniencia. ¿De 40 se acortan a 5 los pregonados años de gobiernos fallidos?, ¿Desaparecieron los políticos de huesos viejos de un fin de semana para otro?

Hay que ser demasiado ingenuo o creer que estamos en un país de descerebrados para imaginar que tan tamaño embuste puede ser creído así de fácil e igualmente olvidado.

Se necesitará más que un mágico acto de “no me acuerdo” o “fue en el fragor de la contienda” que ocurrieron estos señalamientos para retener la estampida silenciosa que se producirá.
El burdo argumento presentado para justificar esta zambullida de pecho en el concreto es inaceptable.

Los mejores intereses del país no tienen nada que ver con el doblegarse por no marcar en las encuestas y por conveniencia política plegarse al adversario sin condiciones y presentando un escenario de toldo trasnochado.

Escenario donde cada quien baila con quien le da la gana porque al dueño del toldo lo único que le importa es tener el toldo lleno, aunque la música ande por un lado y los trasnochados por otro.
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