Delincuencia Juvenil


Por: Gabriel J. Perea R. @elistmopty

Publicado en el Panamá América

La delincuencia juvenil no es algo nuevo; es un fenómeno que alcanza desde los rincones más remotos hasta los suburbios de las grandes ciudades.
Es un problema que no respeta capas sociales o condiciones económicas; se presenta en familias ricas y en las más pobres. Es un fenómeno social que coloca en riesgo la estabilidad de la sociedad, sus normas de comportamiento y los cimientos de la familia.

La delincuencia juvenil se manifiesta en sociedades que han alcanzado niveles de prosperidad y es un problema que está azotando los países de Europa, a Estados Unidos y naciones en vías de desarrollo.

En las sociedades menos desarrolladas, con menos acceso a la riqueza, la delincuencia juvenil tiene menos incidencia; es decir, existen menos delitos relacionados a los adolescentes en el conjunto del mundo del delito en estas comunidades menos desarrolladas económicamente. Pero, en Latinoamérica, la delincuencia juvenil está ligada a otro factor: al poder adquisitivo a la obtención de bienes de consumo, dando por resultado que no se practique la violencia por sí misma, sino como medio para obtener bienes materiales.

La delincuencia juvenil está ligada también a la desigualdad económica que causa desesperación. La mala distribución de la riqueza, la diferencia en niveles de vida entre ricos y pobres, la desintegración social causada por la estrechez económica y la imposibilidad que los jóvenes progresen socialmente, son sus causas en Latinoamérica.

La frustración es el germen que encuentra en nuestros adolescentes terreno fértil para que la delincuencia juvenil se manifieste.

Cualquier medida para controlar la delincuencia juvenil que no considere las desigualdades sociales y económicas que impiden el normal desarrollo de nuestros jóvenes, está destinada a fracasar.

Esa situación coloca a países como Panamá en un callejón sin salida, aceptando que la mala distribución de la riqueza seguirá aumentando y la erradicación del desempleo es sólo una promesa de políticos habidos por el poder. Sin alternativas reales, vociferar en contra del aumento de penas es equivalente a no acudir al médico hasta que la cura del cáncer sea descubierta.
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