El país de las protestas


Por: Gabriel J. Perea R. @elistmopty


Publicado en el Panamá América

Había una vez un maravilloso país donde las protestas eran el alma de todas las cosas. Todos sus habitantes profesaban de alguna forma u otra un inquebrantable culto a las protestas. Tan alto sentido patriótico tenían las protestas que estaban consagradas como uno de sus máximos principios en la Carta Magna.

Las padres de la patria, aquellos llamados a perpetuar la sagrada tradición de protestar, celebraban animosas asambleas donde se exhibían los diestros maestros de la protesta; se protestaba por el orden del día, por la agenda presentada; se presentaban extraordinarios discursos en protestas por los proyectos; se protestaba por la participación de los copartidarios o también por los adversarios; se protestaba por los recesos, por las sesiones. Y finalmente se presentaba un acta en protesta por todo lo actuado. Era la casa de la máxima expresión de la cultura de la protesta.

En las universidades se impartían todas las especialidades que el género humano pudo descubrir. Licenciados en Derecho con énfasis en protestas. Doctores en medicina con especialidad en protesta psiquiátrica. Arquitectos con formación en el diseño arquitectónico que reflejará la vanguardia del sentir de protesta. Físicos en protesta molecular.

Las materias estaban alineadas con las especialidades. Protesta aplicada, protesta física, protesta matemática, protesta financiera, aplicación de la protesta en el contexto político, la historia de la protesta. La protesta como filosofía de vida. Intelectuales de todo el mundo acudían a estudiar tan excelentes perfiles, únicos en el ámbito académico.

En las escuelas secundarias se protestaba como previa formación universitaria, con especial cuidado a no reprobar y no ser admitido en la universidad. Se protestaba de lunes a viernes, y para compensar, se realizaban días familiares para compartir el ambiente de protesta con padres y madres de familia.

En los trabajos los asalariados protestaban por el bajo sueldo, por el alto sueldo, por los impuestos, por las jornadas de trabajo, por el horario, por los ascensos, por las jubilaciones, por el descanso de fin de semana, por los jefes, por los compañeros, por los recesos de la mañana y la tarde para tomar la chicha y la empanada.

Las amas de casa protestaban por tener que cocinar, por atender a los hijos, al marido; protestaban por lo buena que estaba la novela de moda, por las libras de sobrepeso, por los muebles nuevos de la vecina. Los hombres protestaban por sus esposas, por sus hijos, por la amante, por las escapadas de los viernes, por el fútbol.
Era un esplendoroso país donde reinaba el más alegre ambiente de protesta, donde todos protestaban contra todos y contra todo. Donde se penalizaba el no tener de que protestar, pudiendo ser arrestado y condenado a la pena mas alta. En donde los políticos presentaban sus plataformas de gobiernos basadas en propuestas de protesta.

La filosofía de vivir protestando evolucionó al grado que ya no había de que protestar, así que en consejo general de Estado se decidió que el país y todos sus habitantes debían protestar contra la vida, era imperativo desarrollar una programa al más alto nivel en protesta contra la existencia misma.

Y así el maravilloso país de las protesta llegó a su cumbre máxima y en medio de una protesta dejó de existir.
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