El infortunio de ser empleado público


Por: Gabriel J. Perea R. @elistmopty


Pubicado en La Prensa

Después de tanto esperar, finalmente los tan anunciados cambios de figuras en el gabinete del presidente Torrijos se efectuaron. En un análisis superficial podría decirse que no fueron cambios profundos. Más fue la cobertura periodística que se brindó contra lo que realmente sucedió.

Eso fue todo lo que los medios cubrieron, lo suficiente para mantener el rating de noticias. Lo subsiguiente pareciese no tener importancia y no se analiza el efecto que esto ocasiona en la masa productiva del sector gubernamental.

El efecto de estos cambios puede representar un retroceso en el trabajo y en los planes realizados. Desde el momento que se comienza a escuchar el rumor de un posible cambio, hasta después que los nuevos afortunados comienzan a realizar sus ajustes, se mantiene un periodo de parálisis administrativa.

Alguien se ha preguntado qué ocurre después de efectuar estos cambios a lo interno de estas dependencias. El empleado público es sometido a la incertidumbre. A pesar de que lleve años laborando en el mismo puesto, en la misma entidad, es sometido a un angustioso proceso de ajuste y sobrevivencia.

Cada nuevo investido trae su estilo propio, cada uno trae sus propias metas que no están alineadas con la gestión anterior, amén de que traigan su agenda preestablecida con allegados a quienes cumplirle, o con compromisos políticos adquiridos. La rotación de personal es un problema en cualquier empresa. Pero, ¿que hay con la rotación de jefes? Tener muchos jefes en un corto periodo es igualmente traumático y administrativamente un desastre. Sin calcular los costos hundidos que no son cuantificados.

Para que el funcionario logre subsistir tendrá nuevamente que demostrar primero que tiene las capacidades y las competencias adecuadas para su puesto; segundo y lo más importante, estar inscrito en el partido gobernante militando con la facción adecuada. Sino, un futuro oscuro le espera, sus días pueden estar contados.

¿Cuantos cambios de jefatura son aceptables? Según Karen Armon, presidenta de la compañía de asesoría para ejecutivos Alliance Resources, en Estados Unidos menciona que como norma tener más de un jefe al año durante varios años consecutivos, puede causar problemas.

Para los profesionales emprendedores la alternativa sería cambiar de institución, de departamento e incluso abandonar sus puestos dentro del Gobierno. Sin embargo en un país carente de empleo, esta opción es temeraria e inexistente. En otros casos la deficiente preparación académica ocasiona baja competitividad para poder acceder a una alternativa seria.

Muy pocas opciones le quedan al funcionario gubernamental, entre ellas buscarse un padrino que le garantice, mientras dure el periodo de gobierno, su plaza de trabajo o caer en la total apatía a sabiendas de que no existe ningún tipo de estabilidad y que todo es regido al igual que en los tiempos medievales, por la salida y puesta del sol.

Como consecuencia tenemos funcionarios públicos desmotivados, poco leales y en nada comprometidos con el éxito de su institución. La gestión gubernamental necesita urgentemente una reestructuración, el servicio en el Estado debe ser reglamentado y gozar de estabilidad. No se puede exigir eficiencia en funcionarios que no tienen ni las mínimas garantías de desarrollo y continuidad en sus plazas de trabajo.

Solo aquellos puestos que por ley son elegidos y con espacios de tiempo definidos deben ser de libre remoción y de carácter político. El resto de los servidores públicos debe ser funcionarios de carrera que sean periódicamente evaluados. Solo con la posibilidad de ser removidos mediante un proceso reglamentado.

Extrañamente ningún gobierno de la era post-dictadura se ha atrevido a establecer un servicio de carrera serio. La única explicación para tal desventurada estrategia es seguir manteniendo el caudillismo político con el soborno a los empleados públicos debido a su inestabilidad laboral.

De tal forma seguiremos siendo un país del tercer mundo jugando a la sillita a menos que profesionalicemos el servicio público y se elimine la practica de quitar y poner funcionarios cada vez que cambie un alto funcionario.

Si las intenciones de los cambios gubernamentales fueron la continuidad de los recién iniciados planes de gobiernos y no cumplir calendarios políticos puede ser una idea acertada. De lo contrario son cambios exclusivamente políticos y cosméticos. Solo el tiempo y los logros hablarán por sí solos.
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