Una comisión del Congreso de Estados Unidos ha cuestionado la autodeterminación de Panamá, sugiriendo una influencia del Partido Comunista Chino en el Canal. Este acto es un menosprecio a la soberanía panameña, que exige una postura firme y clara en su política exterior.


Gabriel J. Perea R. | Publicado en la Prensa el 28 de septiembre de 2025

PODCAST: ¿Soberanía bajo sospecha? El desprecio a la autodeterminación panameña

En días recientes, una comisión del Congreso de Estados Unidos ha convocado una nueva sesión centrada en la presunta “influencia maliciosa” del Partido Comunista Chino en el Canal de Panamá. El simple hecho de colocar bajo sospecha a nuestro país, sin pruebas concretas y sin darnos voz propia en ese foro, es un acto que hiere directamente nuestra dignidad como nación soberana.

No es la primera vez que desde Washington se pone en tela de juicio la relación de Panamá con potencias extranjeras. Pero esta vez, el señalamiento se reviste de una condescendencia preocupante. Se nos retrata como un país sin criterio propio, incapaz de tomar decisiones soberanas y maduras sobre su infraestructura crítica y sus relaciones exteriores. Como si fuésemos un infante geopolítico que requiere la tutela de sus “mayores”.

Panamá ha sido históricamente un punto de encuentro, de tránsito y de diálogo. Nuestro Canal, orgullo nacional y símbolo de ingeniería y esfuerzo humano, fue recuperado con lucha y determinación. Hoy, cuestionar desde el extranjero nuestra capacidad para administrarlo y protegerlo no solo es un agravio diplomático: es un menosprecio frontal a nuestra autodeterminación.

Resulta inaceptable que, a pesar de las múltiples declaraciones oficiales en las que se ha reiterado que el Canal se maneja con estricta neutralidad, transparencia y en apego al interés nacional, estas afirmaciones sean ignoradas. Al parecer, la palabra del gobierno panameño carece de valor para quienes ya han decidido vernos como una ficha más en su tablero de confrontación global.

Estamos presenciando un mundo que se reconfigura en torno a nuevas polaridades. La Guerra Fría ha dejado su legado y, aunque muchos creíamos superada aquella lógica binaria de “con nosotros o contra nosotros”, asistimos al renacer de un mundo bipolar. En esta nueva pugna, los países pequeños como el nuestro corren el riesgo de ser tratados como meros instrumentos de presión o de control, sin voz ni voto, sin matices ni soberanía efectiva.

Pero Panamá no puede —ni debe— aceptar este rol subordinado. Nuestra política exterior debe ser clara, firme y activa. No basta con comunicados diplomáticos tibios. El país requiere una postura sólida que exija respeto a nuestras decisiones soberanas, sin importar desde qué polo del poder provengan las presiones.

Aceptar pasivamente este tipo de narrativas es dejar que otros definan nuestra identidad y nuestro papel en el mundo. Si permitimos que se imponga la visión de que somos un territorio “influenciado” y no un Estado consciente de sus alianzas y decisiones, entonces habremos renunciado a la esencia misma de lo que significa ser una nación libre.

Panamá no es una marioneta geopolítica. Es una república con historia, con voz, y con derechos internacionales que deben ser defendidos sin titubeos.

El autor es máster en administración industrial.

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